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El colesterol que no mata

Al levantarme esta mañana enseguida vi que algo no iba bien. Nada más salir de casa un vecino me lo detecta en el ascensor: tiene usted cara de que el colesterol de toda la vida se le está volviendo un poco loco, me aboca sin más. Hice como que no le oía, no le contesté pero raudo me fui a ver a mi médico de cabecera. Al llegar me encuentro que el viejo edificio del centro salud estaba cerrado. Colgado, por dentro, un cartel alertaba: Hasta nuevo aviso y a partir de ahora queda suprimida la atención sanitaria personal a los ciudadanos de la Comunidad Valenciana pues hemos descubierto que esto produce un déficit insoportable para las arcas públicas… Un largo párrafo explicaba las razones que habían llevado al presidente autonómico a declarar por decreto el estado de buena salud de todos los ciudadanos residentes en el territorio, especialmente los inmigrantes sin papeles. “Tras el éxito obtenido por la campaña de que todo el colesterol es bueno, la autoridad competente ha decidido que por motivos de ahorro se cierren centros de salud y hospitales públicos como medida tendente a hacer posible la salida de la crisis…”.

Amablemente, el mismo cartel avisaba de que en caso necesario se podía llamar a un teléfono de Urgencias, naturalmente de pago, donde seríamos atendidos. Llamo y, tras una larga musiquilla de fondo de un par de minutos, aparece una voz humana metálica y pregrabada donde se me informa del protocolo a seguir: Si siente usted algunos de estos síntomas (la lista es prolija, pero todos síntomas leves) pulse 1 y váyase a casa. Ya se le pasará. Si cree que su caso empieza a ser grave, pulse 2 y aguarde a que le lleguen fuertes dolores de pecho, mareos, vómitos, pérdida de visión… Entonces pulse 3 y espere. Por curiosidad sigo el protocolo. Llego hasta el punto 3. La misma voz de ultratumba me informa: Si ha llegado hasta aquí es que realmente usted no tiene solución, así que debería dejar de preocuparse. Quédese tranquillo donde está y aguarde a que nosotros se lo arreglemos todo.

Diez minutos después varios operarios se bajan de un coche fúnebre y me suben a empellones al vehículo. Por más que gritaba que lo mío solo era solo el colesterol, que se me había vuelto loco y ya no sabía si era bueno o malo, no hubo manera de hacerles entrar en razones. “A nosotros nos han dicho que usted está muerto y está muerto, así que no se nos resista”. Como respuesta a mis quejas, horas depués y tras comprobar que efectivamente todavía no estaba muerto, me dieron otro número de teléfono para reclamaciones. Naturalmente de pago. De noche y de regreso a casa, otra vez el mismo vecino del ascensor. Lo suyo va claramente a peor, me advierte tras mirarme a la cara. Debería ir al médico, dice antes de despedirse. En twitter @plopez58

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