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Enrique Ortiz, el Gran Timonel

El yate "Elena" propiedad del empresario alicantino Enrique Ortiz, en imagen de archivo. Foto LevanteEMVLo confieso. Nunca soñé con tener un barco. Y ante el mar siempre he sentido gran respeto. Sé que parte de las grandes gestas de la humanidad se han escrito desde ahí. Que sigue pasando. Ahí está la fantástica tradición vikinga. Pensemos en el descubrimiento de América (¿o nos descubrieron ellos a nosotros, que con esto siempre me hago un lío?). ¿Qué habría sido de Colón, de los reyes de Castilla y Aragón, de Isabel y de Fernando, sin ese mar inmenso, inabarcable? En Alicante tenemos a Jorge Juan, marino de marinos, personaje tan desconocido por aquí como relevante en la historia del mar y de sus gentes. Y, ahora y aquí, más cerca, tenemos ese otro gran marinero en tierra, Ortiz. Al amigo Enrique. El hombre siempre dispuesto a navegar por todos los mares del sur en palabras robadas al –este sí– gran navegante por los mares del mundo Manuel Vázquez Montalbán.

Sucede que, si te fijas bien no, cuesta tanto imaginárselo. Enrique Ortiz al mando del timón del barco de nombre Elena. Enrique con traje de rayas (marinas), con gorra también marina, sonriente, siempre bronceado. Miras y lo ves siempre ahí arriba. Como un Ulises moderno en medio de la tormenta. Eso sí, con un único objetivo: su Ítaca particular. Ahí está él. Firme. Seguro. Como un auténtico padrino, recibiendo a bordo a su familia, a las gentes de bien que tanto le quieren y –posiblemente– le temen. A gentes, sin duda alguna, que debieron de ser importantes. Que son pese a todo, aún, importantes.

Por ahí, por el barco de nombre Elena –lo narran las crónicas nada apócrifas de época que ha escrito la Policía Judicial– pasaron el ex alcalde de Alicante, Luis Díaz Alperi; por allí pasó la actual alcaldesa de la misma ciudad, Sonia Castedo. Y ya puestos a contar, también desfilaron toda una camarilla de grumetes, chupatintas y escribientes de tres al cuarto. Gentes que decían que a ellos también le iba la brisa en alta mar, gentes que estaban dispuestas a hacer lo que fuere por navegar en aquel barco y ser parte de aquella travesía. Gentes, al fin, que hicieron lo que tenían que hacer. Halagar. Sonreír. Palmeros del gran capitán. Del Gran Timonel.

Ahí, en la cubierta de ese barco y en sus camarotes, se han debido de escribir las más importantes y puede que trágicas páginas de nuestra historia reciente. Ahí, lo vamos sabiendo a cuentagotas de ricino, celebraron lo mucho que se querían. Lo mucho que –decían– nos querían a todos nosotros, a su verdadera tripulación.

Todos ellos, como hemos ido conociendo, gentes que decían amar el mar sobre todas las cosas, que sabían bien dónde está babor y dónde estribor; gentes, al fin, que supieron navegar con el viento de cola y que, cuando los suaves alisios que tanto embriagan los sentidos y confunden el sentido del deber dan paso a la tormenta perfecta, nos quieren hacer ver que ellos nunca salieron de puerto. Que ellos, de mar, solo lo justito, lo que otros cuentan. Pero no es cierto. Hay fotos. Hay conversaciones. Y si azuzas el olfato, todavía se pueden percibir los restos de los efluvios del Moët and Chandon con el que bañaron sus sueños más obscenos y nuestras desgracias más mundanas en la cubierta de aquel yate de nombre tan mítico.

Y, como en toda historia que se precie, tampoco parecían faltar allí los bufones de circo. Tan inútiles como necesarios, ellos. Ahora vamos conociendo algunos nombres, nombres que, seguro, son solo parte de aquella corte de arribistas. Ahí, como de refilón, se nos aparece la sombra de un tal Ángel Franco (seguro que saben de quién les hablo), un Blas Bernal, esbirro político del primero y ex portavoz del Partido Socialista en el Ayuntamiento de Alicante de entonces.

Se dice, se cuenta, que a él, a Bernal, también Ortiz le regaló un barco velero para ayudarle a navegar. Lo dice la policía, que no es cualquier cosa. Sólo debió de ser un detalle sin importancia. Puro agradecimiento por votar a favor en un pleno municipal un macroplán urbanístico, el mal que desató todas las fuerzas del mal, el conocido Plan Rabasa que patrocinaba el marino de marinos, el capitán del barco. El Gran Timonel.

Bernal, seguro, dirá ahora también, cuando le pregunten, que a buen seguro le preguntarán, que a él tampoco le gustó nunca el mar. Que no sabe nada de barcos. Y mucho menos de velas. Que a lo más que llegó –están las fotos y eso no podría negarlo– fue a hacerse unas cuentas instantáneas en el palco del Hércules CF junto al capitán Ortiz. Pero esa es otra historia.

Y así, poco a poco, entre retazos de periódico por allá y retazos de conversaciones telefónica por acá, entre puerto y puerto, entre amores y desvaríos, vamos viendo horrorizados cómo emergen los restos de aquellas bacanales. Y al igual que los restos de los grandes naufragios, solo quedan visibles en el paisaje cuando los vientos dejan calmas las olas y es solo entonces cuando podemos valorar el alcance del desastre, es solo ahora cuando hemos empezado a hacer recuento y a ver cómo en nuestras playas se amontonan los cadáveres junto a los cofres con los tesoros que nos fueron robados.

Vemos todo ese paisaje infernal de pillaje y vemos también cadáveres políticos cargados de pesados fardos de podredumbre que se niegan a mirarse en el espejo. Es lo que ha quedado. Cadáveres despanzurrados por todos lados y algunos restos del brutal latrocinio, porque del resto, de lo mollar y esencial, del valor de las cosas que importan, ni rastro. Nada. El más absoluto vacío.

Llegados aquí, vamos viendo también, y por desgracia comprobando, que todo aquello nos duele como pensamos no nos iba a doler, vemos que quienes subían y bajaban las escalerillas de aquel barco no eran marinos, ni gentes que, como ellos decían, solo amaran el-mar-la-mar, esa mar que tanto añorara en su exilio ese otro gran marinero de la palabra como Rafael Alberti. Y es que ya sabemos que todos ellos no eran marinos, sino simples y vulgares piratas de palabras huecas. Bucaneros con la piel dura y encallecida de tanto burlar la ley. Las leyes del mar escritas a sangre y a fuego. Nuestras propias leyes. Las leyes de la decencia.

Y a resultas de todo esto, henos aquí, otra vez, exhaustos y con la pesada carga de la historia a cuestas. Que siendo Alicante como es tierra sobre todo de ancho mar, habiendo sido en su larga travesía una y mil veces saqueada por todo tipo de piratas, era difícil pensar que todo aquello no nos dejara huella y no se fuera a repetir. Que otra vez no fuéramos a ser víctimas de saqueos y destrucción, como así parece irremediablemente haber sucedido.

Pero quizás lo más triste de todo es que quienes (presuntamente) así han actuado en el reino del Gran Timonel no eran gentes, ni piratas ni bucaneros llegados de fuera y en busca de botín. Lo más doloroso de todo este cruel relato es que quienes lo han protagonizado decían que eran de los nuestros. Gentes que decía amar el mar. Esa sombra, seguro, tardará tiempo en abandonarnos. Casi tanto como tardaremos en recuperar parte de lo robado. (*)

(*) Este artículo se publicó por primera vez en la web digital del diario La Columnata el 19 de septiembre de 2014

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