pepelopezmarin.es

Una timba con Assange, Garzón y la muerte del viejo periodismo

La partida se está jugando entre viejos lobos. Todos ellos tienen una mano enguantada encima de la mesa tratando de ocultar las cartas y la otra, escondida a los focos, empuña el arma que mueve los verdaderos e inconfesables intereses. Las reglas no son las que nos cuentan los periódicos, si no las propias de una partida mafiosa en plena madrugada y donde nada es lo que parece y se dice. Sus principales protagonistas, un gurú del nuevo periodismo, Julián Assange; un juez venido a menos y metido ahora en labores de abogado defensor de causas imposibles, Baltasar Garzón. Y ambos en una santa alianza contra el silencio impuesto y el espíritu del mal.

Bajo el foco y la espesa capa de humo vemos a un lado de la mesa al tal Julian Assange, un australiano, periodista visionario que a través de su portal de internet Wikileaks creyó que podía poner de rodillas a los gobiernos de las grandes potencias espolvoreando sus grandes mentiras guardadas bajo siete llaves. Su osadía fue lanzar el envite en alianza con algunas de las cabeceras de periódicos más importantes del mundo al publicar los ya famosos Papeles de Wikileaks, y cuyo objetivo no confesado era asertar un golpe de muerte a las prácticas corruptas de los servicios secretos de estas mismas potencias, a las zonas oscuras del poder, golpe del que estas estructuras paralelas aún no se han recuperado.

En el mismo plano de la escena, junto al propio Assange, aparece un personaje inesperado, un cuerpo extraño en este paisaje. Con el sombrero calado hasta las cejas emerge la figura del juez de causas imposibles, Baltasar Garzón, quien parece aprovechar las vacaciones forzosas que le ha concedido sus compañeros de profesión en España para seguir engrandeciendo su leyenda y fama de justiciero universal. Ahí le vemos tratando de imponer nuevas reglas a la partida, las de la decencia y la ley universal de la que fue fundador. Demasiada empresa parece, incluso para alguien como él.

La otra mitad de la vaporosa escena la ocupan los representantes de dos de los llamados países serios como son Reino Unido y Suecia, dispuestos a hacer cumplir la Ley, su ley. En este mismo encuadre observamos la presencia, esquinada, de un personaje cuya gabardina solo nos deja ver un trozo de rostro distante y frío, calculador, un personaje que parece representar a EEUU, el que al fin y a la postre sería el auténtico amo del chiringuito. Y en medio de ambos, un invitado con el que nadie contaba: Ecuador, un pequeño país, una nación apestada y sin derecho a sentarse en la timba, pero dispuesta a sacar tajada a la invitación de Assange al refugiarse en su embajada en demanda de asilo político porque, dice, teme ser secuestrado y extraditado a EEUU donde le esperaría un tribunal militar para juzgar su atrevimiento. Este es, más o menos, el escenario, pero lo que está en juego no es solo una partida de póker. Lo que parece estar en juego son una parte las reglas del nuevo orden mundial del periodismo.

Que Assange no es lo que se dice un reportero/jugador al uso, capaz de hacer unas cuantas preguntas e irse a su casa con un titular en la cabeza a cambio de unas monedas para seguir emborrachándose, es obvio que no. Assange rompió el pacto gansteril no escrito entre periodistas y Política por el que los primeros no tocan las narices a los segundos más allá de lo necesario y ahora paga en primera persona las consecuencias de su atrevimiento. Está encerrado en su propia osadía y sabe que un movimiento en falso puede precipitar su final. Los pistoleros de dentro y de fuera huelen sangre y están dispuestos a cobrarse la recompensa. Poco importa que sea vivo o muerto. Casi mejor, muerto.

Y, junto a él, Baltasar Garzón, ahora en el papel de abogado defensor, sabe que pocos casos como este pueden cruzarse ya en su camino para seguir agrandando su bien ganada fama de juez universal de causas imposibles. Por eso debe haber aceptado el encargo. Al fin y al cabo esta partida tiene mucho que ver con las que él ya jugó, sean éstas Gúrtel, el caso Gal o la misma de la retención del exdictador chileno Augusto Pinochet, encerrado durante meses en su cárcel dorada de Londres por miedo a ser detenido. Vamos, como ahora Assange. Y allí, como aquí, el fuego era también real.

Con este decorado me viene a la memoria la frasee que aparece al principio del documental Escuchando al juez Garzón que Isabel Coixet realizó en 2011 sobre la vida del juez: “Una injusticia en cualquier lugar, es una injusticia en todas partes” (Samuell Johnson). El exjuez debe haber llegado al convencimiento de que esta, la de Assange, es una de injusticias universales de las que él debe dar cuenta. Y, además, tiene lugar en un escenario, Londres, para él ya conocido. Y es que en su repertorio seguramente faltaba una de cine negro. Ya la tiene. Veremos a ver qué hace cuando los capos ordenen que empiecen los tiros y la balacera y los cadáveres se esparzan por el suelo como trapos. Porque más allá del ahora imprevisto final es seguro que esto acabará a tiros.

Del entonces juez y ahora abogado Garzón dijo una vez Pilar Urbano que era una persona que siempre veía amanecer porque las primeras luces del día le pillaban trabajando. El caso Assange me temo va a necesitar de muchos amaneceres. Lo que hay ahora en juego no es un timba más en un destartalado garaje perdido en el campo con jugadores de segunda peleándose por el reparto de los restos de un botín, también de segunda, lo que hay en juego es posiblemente un caso de caza mayor: guste o no, se quiera reconocer o no, de lo que aquí se discute son las bases por las que se va a regir el derecho a la información en el mundo en los próximos tiempos.

A un lado, los poderosos servicios secretos, los intereses inconfesables de muchos gobiernos que dicen una cosa y hacen la contraria con absoluta impunidad, que aparentan decencia pero que en la trastienda esconden el amparo al narcotráfico, el tráfico de armas con países del tercer mundo en conflicito, o la concesión de privilegios a las grandes corporaciones amparándose siempre en un supuesto y socorrido interés nacional. Casi nada. Y al otro lado, un guerrero del nuevo periodismo, un bandolero de la información si se quiere, que ha entendido que a esta gente no se le puede tratar con educación ni miramientos, que solo si le miras a la cara de tú a tú y utilizas sus propios medios, te respetarán.

Si finalmente Assange acaba encarcelado, o muerto en vida, podremos ya vaticinar sin miedo a errar el futuro qué les espera a otros periodistas que quieran salirse del código no escrito de buenas prácticas. En ese caso, la noche lo llenará todo y el periodismo universal habrá dado otro paso atrás. Si, en cambio, Garzón logra que Assange pueda seguir siendo este bandolero de la información global, habrá esperanza para que se sepan algunas cosas más allá de las que nos alimentan todos los días las agencias informativas y que los gobiernos tratan de ocultar a sus opiniones públicas.

En una entrevista publicada el 18 de junio último en El País con motivo de la presentación en España de su libro Vida de un escritor el veterano reportero norteamericano Gay Talese, que fuera calificado en su día por Tom Wolfe como el padre del nuevo periodismo, afirmaba que la falta de tiempo para hacer reportajes de fondo, junto a los atentados del 11-S, habían acabado en su país con el buen periodismo. Con la excusa de la seguridad nacional los reporteros de EEUU, afirmaba Talese, habían dejado de hacer y hacerse preguntas incómodas y optado por ser voceros de la administración de turno, y, además, sin importar mucho que esta fuera antes la de Bush y ahora la de Obama. Assange, al parecer, contravino este código no escrito y se atrevió a hacer algunas preguntas en voz alta y ya vemos cual ha sido la medida de la respuesta. Una timba de intereses turbios donde nada es lo que parece y cuya espoleta aparente es la acusación de un supuesto delito sexual cometido en Suecia por el propio Assange en unas relaciones consentidas. Pero de eso casi no se habla. Seguramente porque es lo que menos interesa. En twitter @plopez58

El noticiero

Houston tenemos un problema: El documental que las farmacéuticas no quieren que veas

Música gitana ...y feminista

El debate de Juan Torres en La Sexta...

¿Quién ha mordido mis impuestos? o la historia de la deuda ilegítima

Así se las gasta la Marina española contra la protesta pacífica de Greenpeace en Canarias

Documental "Yo Decido. El tren de la libertad"

Suscripción

Acceso y registro

Los usuarios registrados podrán realizar comentarios sin tener que identificarse cada vez que escriben un texto.
Crear una cuenta

Webs amigas

CHAPA periodistas

Template Design © Joomla Templates | GavickPro. All rights reserved.