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Pedro Sánchez El Grande en tierras del señorito Rajoy

Pedro Sánchez durante la sesión de investiduraSigue el juego. Ahí está Pedro Sánchez luchando contra la irrelevancia que le tenía reservada el destino. Rajoy, otra vez, esperando, haciendo de estatua de sal. Rivera, listo y sagaz, intentando reinar sin que se note ¿Iglesias? Bueno, Iglesias anda buscando el tono de su mensaje perdido entre los rescoldos del 15M, las tertulias donde forjó su verbo hiriente y los ecos del viejo Convento del Espíritu Santo donde se asienta el decimonónico edificio del Congreso de los Diputados donde ahora reside su alma.

Pedro Sánchez ha apostado fuerte. De modo que perdiendo la investidura puede que haya ganado tiempo. En parte, porque la tarea que tiene por delante es tan hercúlea, tan imposible, que cualquier victoria, por pequeña que sea, ya parece una guerra ganada. De momento, y no es poca cosa tras su magros resultados el 20D, la no investidura le puede ser suficiente para ser merecedor de una segunda oportunidad allá a finales de junio. De intentar ser Pedro El Grande. Otra cosa muy distinta es que en este viaje en el que quiere sumar apoyos a la izquierda –que no gobierno- y gobierno –este sí, a derechas– acabe él mismo herido de estrabismo, que ni los suyos le reconozcan. Pero esa fase está por venir y solo dependerá del ajuste final, de las cuentas pendientes. De momento, respiración contenida y prietas las filas. En el embate de ahora hay que reconocer que Sánchez está adquiriendo tonalidades de hombre de estado. Veremos cuánto le duran.

Alguien dijo hace unos días que los dos largos meses que precedieron a la sesión de investidura a presidente del Gobierno de esta semana que acaba se parecían a una partida del juego de la oca, cuya primera versión nos lleva a un regalo a Felipe II por parte de Francisco I de Medici. Aunque la historia nos dice que hay versiones diversas del popular juego, en casi todas aparecen casillas como la cárcel, el pozo o el laberinto, signos todos de mala fortuna. Así que, con cada nueva declaración, nueva reunión, existe, existía, el riesgo cierto de tener que volver una y otra vez a la casilla de salida, que es donde parece volveremos a estar tras esta semana de intentona.

Y es que acostumbrados a un estado de cosas donde el reparto de los espacios del poder nos llevaba siempre a imágenes duales, González contra Suárez, Aznar frente a González, Zapatero ante Rajoy, Rajoy versus Rubalcaba… la primera conclusión del primer asalto es que en el retrato que pintamos ahora dos no son ya suficientes. No hay parejas. Ni siquiera Rajoy y Sánchez ocupan el centro del tablero. Por momentos, son Iglesias y Rivera quienes acaparan atención y foco mediático. Ellos, portadores de lo nuevo, abren y cierran la puerta que da gobierno aunque por sí solos tampoco se valgan.

Pero si de algo ha servido también el entremés –los postres puede que tarden- de la investidura de estos días es para evidenciar que los mandobles ya no van en una sola dirección, en un único sentido, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Eso son cosas de la vieja política. Ahora la pelea más encarnizada es entre supuestos aliados. Pelea de supervivencia, sí se quiere. Entre primos, entre la propia familia. Se lucha por el territorio cercano palmo a palmo y a dentelladas.

La puerta de salida

Quizás por eso mismo no fue casualidad que la pugna más descarnadas y cruel fuera el miércoles entre Iglesias y Sánchez y entre Rivera y Rajoy. Acusó Rivera en el debate a este último de perezoso. Y de ser incapaz de poner orden en las filas de su propio partido, el PP.

Es, decíamos, la lucha por el territorio más próximo la que define el tiempo político presente. Por eso parece tan difícil hallar la puerta de salida. El espacio se ha movido y las aguas a un lado y otro son pantanosas. Iglesias y los suyos saben que solo podrán alcanzar los cielos soñados si horadan lo suficiente bajo los pies del viejo PSOE hasta llegar a su tuétano. De ahí, se supone, sus alusiones en el debate a la vieja guardia, a la “cal vida” de los GAL-González, a las constantes alusiones a las puertas giratorias; y, a la par, a la mano tendida a la “mucha buena gente que existe en el PSOE”. Dividir es vencer. De ahí, se supone también, el miedo atávico que parece tener paralizado a Pedro Sánchez y que le impide abrir las puertas de “su” Gobierno a la tribu podemita.

Quiere Sánchez –les pide- sus votos, pero les quiere lejos de los ministerios y del BOE. Y esa fórmula que otras veces funcionó con la vieja IU, no parece razón suficiente ahora. Si compartimos riesgos y capital político, repite una y otra vez el zorro de Iglesias, deberemos compartir sillas en el consejo de administración de la empresa. Puro mercado. Desconfianza mutua si se quiere. Y honda.

De modo que sí, que para abrir la partida y evitar el escenario de nuevas elecciones, esas que todos dicen no querer pero para las que se preparan en secreto, solo parece existir ya un camino: que PP y PSOE, la vieja política, acaben traicionando algunos de sus principios y cedan gentilmente el paso al otro. Que eso vaya a suceder no es seguro, ni siquiera previsible, pero conforme pasen los días, las semanas, los meses sin gobierno es seguro que acabará siendo más posible. Las presiones de dentro -y de fuera- se harán escuchar (más) fuerte y las resistencias de ahora puede estén más debilitadas.

Así que, ávidos de política y de Gobierno, la  “semana del cambio y sin Rajoy” que diría Sánchez, empieza –salvo sorpresa de última hora- como terminó la anterior. Con algunos puentes más rotos, sí, pero nada que no pueda curar el pegamento del poder. El PSOE buscando la centralidad de la mano de C’s y, en un ejercicio de contorsionismo digno del Circo del Sol, pidiendo un ejercicio de fe a su izquierda. Y, ante todo esto, Podemos exigiendo un contrato de gobierno. Y, de paso, recordando a Sánchez las afrentas sufridas por sus hermanos de sangre –Anguita, IU-Andalucía…- . Por eso mismo Iglesias dice, reitera, que lo suyo es mirar “de igual a igual” al líder socialista. Y que solo así, mirándose a los ojos, habrá pacto.

El beso en la boca

Al otro lado del escenario tenemos a Rivera. Envalentonado y esquinando a Rajoy en el cuadrilátero como si ya fuese un boxeador sonado. “¿Cómo vamos a confiar que quien alberga en su partido bandas de criminalidad organizada y no ha sabido limpiar su casa, vaya a poner limpiar España”, es la pregunta que Rivera le hizo a Rajoy en el debate. Se espera respuesta, pero no llegará.

¿Y Rajoy? Ni está ni se le espera. Haciendo de Rajoy, que ya es bastante. Pensando que el disfrute y la riqueza solo se hizo para el paladar de los ricos y los poderosos. Así lo vimos el día de autos, perezoso y desganado, como tan acertadamente lo calificara Rivera, enfundado otra vez en el traje de señorito de casino del XIX. Era el Rajoy de las grandes ocasiones, decidido a darse una vuelta por sus propiedades heredadas, dispuesto a recoger otro puñado de ceremoniosas ovaciones y halagos entre los propios, pero incapaz de darse cuenta que gran parte de sus tierras y propiedades le han sido arrebatadas por las armas de los votos por una grey que habla raro, que viste raro, y que utiliza un lenguaje y unos gestos –¡ah! el beso en la boca de Iglesias a Domènech ante los morros de sus señorías-, que él nunca podrá ya entender.

Será por eso que todos miran a la efigie que hay y tenemos de presidente. Esperan su retirada definitiva. Será el paso previo a que empiece la verdadera función. No el juego de la oca de ahora, sino la partida de ajedrez que aún aguarda. La gran partida.

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