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El corredor de la muerte de la Hepatitis C

Protesta de afectados por la Hepatitis C denunciando que los recortes De la crisis sanitaria de la hepatitis C en este país y “el milagroso” Sovaldi que se comercializa a precios desorbitados desde hace meses, aquí lo único claro son los muertos. Los doce enfermos que fallecen cada día por la enfermedad. Todo lo demás está envuelto en la nebulosa. Y en una creciente sensación en la que se mezclan en dosis mortales la malicia, la desconfianza y la sospecha de que todo lo mueven extraños intereses espurios y en donde lo que menos cuenta son las opiniones médicas y los enfermos. Las víctimas.

Leyendo y escuchando lo que dicen unos y otros, crece la sospecha de que el Gobierno, este Gobierno de gente con piel de cocodrilo, parece estar extrañamente más interesado en defender los intereses económicos oscuros y abusivos de una multinacional farmacéutica antes que a sus propios pacientes y ciudadanos; escuchando y leyendo declaraciones de unos y de otros, asoma con fuerza la sospecha de que alguien —otra vez— está haciendo caja con el dolor ajeno, de que los enfermos están siendo utilizados como cobayas para lanzar un mensaje diabólico y clasista que podemos imaginar pero no nos atrevemos a verbalizar. Sospechas, sospechas… Bueno, cierto, hay también una certeza que se deriva de todo lo anterior: la compasión no figura entre el medallero de méritos de una parte de la gente que dirige este país. Eso lo sabíamos. Ahora, sencillamente, lo comprobamos en forma de no decisiones que acaban provocando muertes evitables.

Dice el vicepresidente de la plataforma de afectados por esta enfermedad, Damián Caballero, que si “la anterior ministra de Sanidad —Ana Mato— dio sobradas muestras de ineptitud, el actual (Alfonso Alonso las da) de poca capacidad humana”. Pero no puede ser únicamente cuestión de ineptitud y de escasa capacidad humana. Eso tendría fácil remedio con sólo cambiar al ministro o ministra. Sería  como humanizar el problema. Tiene que haber algo más profundo. Más hondo. Más de fondo. Si no, no se entiende el empecinamiento en crear comisiones, hacer declaraciones (Rajoy ‘dixit’) y convocar reuniones inútiles que devuelven el problema a la casilla de salida. No se entiende el juego infernal de nombrar comisionados médicos a los que se les desautoriza nada más pedir públicamente un fondo económico para hacer frente a la crisis de salud que afecta al menos a unas ciento setenta y cinco mil personas de este país.

Todas y cada una de estas decisiones solo parecen servir para postergar la única decisión que evitaría que nuevos enfermos pasasen a ingresar en el módulo sanitario de la premuerte, un auténtico corredor de la muerte de la enfermedad habitado por gentes con rostro, con nombres y apellidos. Si no evitan, y no lo están evitando, que siga habiendo pacientes como el madrileño Julio Campo, al que su médica le prescribió el Sovaldi en julio último y la Comunidad de Madrid sigue negándoselo a día de hoy sin más explicaciones, todo huele a mentira. Pura y podrida mentira.

Explicar tanta maldad no es posible siquiera con esa conocida dificultad para la empatía con quienes sufren ay  la que tan acostumbrados nos tiene esta gente que gobierna en sus declaraciones. Ya saben: desahucios, ley de dependencia, comedores sociales, copagos sanitarios para personas sin recursos… Ni así parece suficiente razón.

Lo único cierto, ya digo, son los muertos. Nuestros  muertos. Los de ayer, los de hoy mismo, los de mañana. Y todo lo demás, la farmacéutica que comercializa el medicamento a precio de oro líquido pero sin atreverse a oficializar su coste en cada país en un extraño e infernal juego de la oferta y demanda, el Gobierno, que lo ampara y consiente, una ministra que ya no está y otro que acaba de llegar pero que es como si tampoco estuviera, todos ellos deberían saber que son responsables de tanto sufrimiento, de tanta condena a una muerte segura y silenciosa.

Acusarles a todos y a cada uno de ellos de colaboradores necesarios en asesinatos en serie programados  —recuerden, doce por día— puede sonar excesivo, brutal, pero es lo que los enfermos y sus familias de varias comunidades (algunas, afortunadamente, han empezado a prescribirlo por su cuenta) deben de pensar, aunque no se atrevan a decirlo así, al ver cómo se las gastan por aquí. Y más cuando ven que otros países como Alemania o Francia han afrontado el problema tomando todas y cada una de las medidas que ellos llevan pidiendo hace meses. Tan sencillo como ponerse del lado de los enfermos. Dejar la decisión al criterio de los profesionales médicos. Y después, sólo después, ponerse a hacer las cuentas y ver cómo se paga.

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