pepelopezmarin.es

No nos obliguen a perdonarles, ¡váyanse!

La diputada Andrea Fabra cuando gritó en el Congreso ¡Que se jodan! a los parados¿Se imagina que un terrorista que acaba de matar a decenas de personas en un brutal atentado se dirija acto seguido a los familiares de las víctimas, a sus madres, padres, hijos, amigos, etc., para pedirles perdón por lo que acaba de hacer? Salvando las lógicas distancias es, más o menos, lo que creo está pasando ahora con el perdón solicitado a los ciudadanos por algunos (ir)responsables políticos a cuentas de la irrespirable corrupción que ha convertido el país entero en una inmensa y putrefacta alcantarilla.

Seguramente es por esto mismo que lo que otrora habría sido suficiente –pedir perdón- para obtener comprensión e indulgencia social, ahora no solo no la haya obtenido, sino que puede que el problema de origen se haya agravado aún más con su insensata demanda.

El ejercicio del perdón y para ser efectivo requeriría de la aceptación de unas reglas mínimas de juego. Entre éstas podríamos citar algunas. Una primera, que esta petición sea libre y sincera, no impostada, no obligada por las circunstancias, ni, claro, por la fuerza. Una segunda condición que sería deseable es que llevase implícito un verdadero y creíble propósito de arrepentimiento por parte de quienes lo demandan. El tercer apartado es que este juego de espejos necesitaría llevar aparejado el que se diese en un plano de una cierta igualdad donde una y otra parte pudiesen intentar ponerse de algún modo en el lugar del otro. Cuatro, que haya un reconocimiento explícito del daño y dolor causados por quienes lo han provocado y sus cómplices. Y un quinto punto y no de menor relevancia sería que ambas partes estuviesen dispuestas a aceptar unas mismas reglas de juego emanadas del anterior o parecido cuadro.

Ante esto, tenemos derecho a preguntarnos: ¿Cumplen los responsables políticos que estos días hacen cola para pedir perdón a la ciudadanía por las tropelías y latrocinio de lo público cometido por ellos y los suyos en la últimas décadas algunos de estos cinco puntos? En principio no lo parece. Y de ahí esa constatación basada en la observación que nos dice que puede que la “operación perdón” incluso haya tenido social y políticamente el efecto devastador contrario al pretendido. Que haya agravada la enfermedad.

En este sentido es curioso observar como incluso dentro de los comentarios publicados por aquellos más próximos a los “demandantes de perdón” se resalta que “esta petición (el perdón) llega tarde” y sería “ya insuficiente”, en palabras del nada “sospechoso” diario La Razón dirigido por Francisco Marhuenda.

¿Por qué ha podido suceder esto? Algunas explicaciones pueden ser éstas. Punto uno. No parece que la cascada de peticiones públicas de perdón que inaugurara Esperanza Aguirre el lunes nada más conocerse los primeros detalles de la macro Operación Púnica en la que se detuvo y encarceló a su durante mucho tiempo número dos en la Comunidad, Francisco Granados, y que siguieron otros muchos, sea ni mucho menos sincera. Existe la percepción de que esta ha venido empujada por las circunstancias y que formaría parte de una mera estrategia de cálculo electoral que en el caso de Aguirre le permitiera aún encabezar la listas de su partido a la Alcaldía de Madrid. Una prueba de esto mismo es el giro dado en apenas 48 horas por Mariano Rajoy. La corrupción para el presidente del Gobierno y líder del PP era el domingo en Murcia motivo solo de unas “pocas cosas” que afectaban a unas “pocas personas” y horas después, acosado ya por las voces de su propio partido para que hiciera algo que parase el tsunami, el tema era ya de tal gravedad que le llevó a pedir públicamente y por vez primera perdón por haber colocado en puestos de responsabilidad a una pandilla de mangantes y corruptos. Tal cambio en tan poco tiempo resta credibilidad y eficacia a la demanda.

Tampoco parece que haya aquí un “verdadero propósito de enmienda” más allá de la palabrería habitual en este tipo de situaciones. La petición a la ciudadanía no ha llevado aparejada ni una sola medida que haga pensar que las cosas van a cambiar. Nada de lo dicho y hecho la hace creíble en este punto. Tampoco ni el cuarto ni el quinto supuesto parecen cumplirse aquí. No hay un reconocimiento explícito del daño causado ni, claro, la oportunidad de quienes deberían otorgarlo, de decir si están de acuerdo o no con las normas. Ellos, los ciudadanos, no tienen el derecho a expresarse (elecciones anticipadas, etc.), solo a ser la pared donde rebota la pelota.

Entonces, ¿qué hacer?, nos podemos preguntar con toda razón. Hay que tener en cuenta que el hueco, más bien la sima, de desconfianza abierta entre una gran parte de la ciudadanía y una gran parte de la clase política que ha dirigido este país en los últimos 30 años no es reciente. Viene creciendo año tras año, y es, según todas las encuestas y estudios al uso, de tal magnitud que se antoja difícil pensar que esta medida  –la petición de perdón- vaya a servir ahora para contener la hemorragia de desafección ciudadana hacia una buena parte de la clase dirigente.

Recordemos, por lo que sirve de ejemplo, que uno de los primeros en pedir perdón por un comportamiento poco ético y ejemplar, pero seguramente mucho menos gravoso que el de la ristra de los casos de corrupción del que estamos hablando aquí y ahora, fue el rey Juan Carlos. Y todos sabemos bien dónde está hoy el hombre y qué tuvo qué hacer para contener el galopante desprestigio de la institución monárquica.

Por eso, seguramente, este es ya el único camino posible a transitar para evitar la quiebra social definitiva. Que quienes han protagonizado este periodo marcado por la corrupción sistemática y el asalto de las instituciones para ponerlas a su servicio, se echen voluntariamente a un lado y dejen paso a quienes no formaron parte de ese mismo pasado. Que quienes durante años y años se han negado a aceptar que la corrupción era el problema, quienes se han limitado a mirar para otro lado, a defender la presunción de inocencia de sus conmilitones y atacar al contrario confundiendo interesadamente planos políticos y judiciales, a retrasar y maquillar la adopción de medidas para luchar contra esta gangrena social y económica, todos y cada uno de ellos desaparezcan del primer plano y de los puestos de mando de las administraciones públicas y de sus propias organizaciones políticas.  Solo así, y siguiendo el ejemplo del exrey, podría ser posible y creíble su postrera petición de perdón. Podrían entonces cumplirse algunos de los cinco puntos referidos antes.

Pero eso difícilmente podrá ocurrir ahora, cuando las consecuencias de sus torpezas de años tiene abierta en canal a la sociedad, una sociedad a la que, como a las víctimas del terrorismo del principio, no se les debería siquiera poner en la inhumana tesitura de tener que otorgar (o no) ese acto de clemencia. No, al menos, ahora. Todo ello por dignidad de las víctimas. Y por respeto a su inmenso dolor. A nuestro inmenso dolor. En twitter @plopez58

(*) Este artículo se publicó por vez primera en el diario digital La Columnata el 1 de noviembre de 2014

El noticiero

Houston tenemos un problema: El documental que las farmacéuticas no quieren que veas

Música gitana ...y feminista

El debate de Juan Torres en La Sexta...

¿Quién ha mordido mis impuestos? o la historia de la deuda ilegítima

Así se las gasta la Marina española contra la protesta pacífica de Greenpeace en Canarias

Documental "Yo Decido. El tren de la libertad"

Suscripción

Acceso y registro

Los usuarios registrados podrán realizar comentarios sin tener que identificarse cada vez que escriben un texto.
Crear una cuenta

Webs amigas

CHAPA periodistas

Template Design © Joomla Templates | GavickPro. All rights reserved.