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Engominados y telepredicadores

Francisco Granados fue durante años número dos de Esperanza Aguirre en la Comunidad de MadridSiempre desconfié de los engominados. Nada racional, ya sé, simple intuición. Siempre tuve un rechazo a esos personajes que vienen de la nada y la niebla y que un día se nos cruzan en el camino como recién salidos del cuarto de baño y dispuestos a dictarnos las reglas del nuevo catecismo. Siempre me parecieron que tanto esfuerzo en poner en orden su cabello escondía un similar esfuerzo por ocultar lo más esencial, el alma, tan necesaria en estos tiempos tan convulsos, aunque nunca sepamos muy bien dónde ir a buscarla.

Francisco Granados es uno de ellos. El último, pero no el único. Antes que se destapase lo suyo como presunto capo mafioso de la Operación Púnica, la última red clientelar y de saqueo de las administraciones públicas destapada por la fiscalía Anticorrupción y la Guardia Civil y que atraviesa todo el país, supimos de otros. Ahí está, como paradigma de lo que estaba por llegar, como embrión de la serpiente que acabaría inoculando el veneno que nos consume, el aprendiz de brujo de las finanzas Mario Conde como mandamás del extinto Banesto. Conde, un prócer de los artificios financieros, el hombre que abrió el camino de las moderneces bancarias y echó tierra sobre los usos bancarios de toda la vida. Conde, el hombre que pudo reinar, que pudo llegar a presidente del Gobierno si su impaciencia no hubiera sido tanta. El hombre cargado de autoimpostada dignidad fuera y dentro de la cárcel que, aún hoy, todavía, sigue perdonando la vida a quienes pasan a su lado si no lo hacen por el carril que él entiende debe hacerse.

Treinta años después, aquí y ahora tenemos a un discípulo aventajado. Es Francisco Granados, la mano derecha en los gobiernos de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid. El hasta hace poco secretario general del PP en Madrid es, ya digo, el último ejemplar de esta especie de salvapatrias llenos de brillantina hasta las cejas, pero, seguro, tampoco va a ser el último. Durante meses, años, fue Granados la estrella invitada en los platós de la caverna televisiva. Ahí pudimos disfrutar de su verbo y de su perfume catódico. Desde allí, y mientras sus compañeros de tertulia le reían gracias, atrevimiento y vehemencia, le oímos pedir mano dura contra los corruptos sin que se le moviese ni un solo pelo. Desde allí nos fue impartiendo doctrina. Catecismo y ejemplaridad. Casi nada. Desde aquellos púlpitos de la intolerancia primero negó tener cuentas en Suiza, luego aceptó tenerlas. Pero ni así. Nunca perdió la compostura.  

Ya digo, nunca me gustaron los engominados. Nada racional. Siempre desconfié de ellos. Casi tanto como de los telepredicadores de las madrugadas de insomnio. Francisco Granadas aunaba ambos personajes. En twiiter @plopez58

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