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¿Es Gallardón un facha?

Alberto Ruiz-Gallardón, exministro de JusticiaHay quienes, en un gesto excesivamente optimista, piensan que la mal llamada Ley del Aborto ha acabado con la carrera política del “liberal” Alberto Ruiz-Gallardón. De momento, lo seguro, lo evidente, es que esta especie de "interruptus legislativo contra las mujeres nos ha devuelto el verdadero rostro ultraconservador de su principal protagonista, aquel que (tirando de Wikipedia) en los ochenta ya calificara un trabajo de Carlos Sánchez Pérez, Ceesepe, en la revista Madriz de “porquería repugnante, pornográfica, blasfema, en el sentido jurisdiccional de la palabra, contraria a la moral y a la familia”. Gallardón, entonces, puso las palabras que otros no se atrevían. Más o menos lo sucedido ahora con la ley del aborto.

En esto, y no en otras cosas, parece que ha estado todo el tiempo el dimitido Ministro. Disfrazándose. Lo del empecinamiento entre paternal e ideológico en devolver a las mujeres a la edad de piedra de sus derechos con su contrarreforma de la Ley de Reproducción Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, que ese y no otro es su nombre, no es (solo) obra suya. Lleva el ADN de una gran parte de la familia del Partido Popular. A cada cual, el mérito debido. Se la encargaron a él, Gallardón, porque sabían que nadie como él podía defenderla mejor. Son otros los que le jalearon y animaron, los que hoy andan escondidos y los que tendrían que haber dimitido con él. Pero ahí siguen, disfrazados también.

El otro Gallardón, el liberal Gallardón, seguramente sólo ha sido un espejismo. Un mero cálculo electoral. Es lo que tienen las hemerotecas. Que de ellas no te salva ni Dios. Como buen jesuita, Gallardón siempre fue de verbo fácil y florido, capaz de encandilar durante décadas a una parte de la izquierda caviar madrileña y al periodismo de salón tan extendido entonces en los Madriles, un periodismo más
 ocupado en reír las ocurrencias literarias al ya hoy ex Ministro, ex Presidente y ex Alcalde de Madrid que en hacer saltar las minas que iba colocando en su avanzadilla de tierra quemada.

Sus palabras, las de Gallardón, eran generalmente aplaudidas sin disimulo por una izquierda política y social que solo despertó cuando la calle, ¡bendita calle!, les miró a la cara y les obligó a observar de frente la realidad de la herencia recibida: Madrid, uno de los ayuntamientos más endeudados del mundo; Madrid, una ciudad que pierde comba en el privilegiado club de las grandes ciudades turísticas del mundo; Madrid, batiendo récords olímpicos al haber logrado ser una de estas pocas grandes ciudades que ha cosechado un doble no por respuesta del Comité Olímpico Internacional en tan corto espacio de tiempo. Esa fue, es, su herencia.

¿Y qué decir de su paso por el Ministerio de Justicia? Como señaló el veterano periodista Miguel Ángel Aguilar al día siguiente de su ‘espantá’, Gallardón sólo puede presentar como aval positivo de su gestión en Justicia el haber legislado a favor de los registradores de la propiedad. Todo lo demás, miseria moral y miseria jurídica. Clasismo. Justicia para ricos. Justicia del siglo XIX. Pero ni siquiera aquello, lo del guiño a los registradores, le ha servido para salvar su pellejo ante el registrador-presidente Mariano Rajoy. El cálculo electoral que tanto le aupase otrora ha acabado (de momento) por enterrar sus nada ocultos deseos de llegar a ser Presidente del Gobierno.

Ya lo dijo su padre, José María Ruiz-Gallardón, en noctámbula confesión al entonces diputado socialista Gregorio Peces-Barba según relato del mismo publicado en el diario El País: “¿Facha yo? Será que no conoces a mi hijo”. Eran los tiempos en los que Alberto empezaba a dar sus primeros pasos en política a la sombra de Manuel Fraga. Los tiempos en los que la obra del inmortal Ceesepe merecía aquel rotundo calificativo de “blasfema y contraria a la moral”.

Más o menos como le deben de parecer hoy a Gallardón el derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo y decidir su maternidad: blasfemos y contrarios a la moral. Más o menos una opinión propia de alguien de “ideología política reaccionaria” en sentido coloquial. O sea, según la RAE, lo que de él ya dijo su propio progenitor, que era quien en verdad mejor debía de conocerle. En twitter @plopez58

(*) Artículo publicado originalmente en la web La Columnata el 29 de septiembre de 2014

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