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El aleteo del bombero Roberto Rivas

Roberto Rivas, el bombero gallego que se negó a colaborar en el desahucio de una anciana de 85 años, a su llegada al JuzgadoHay quienes se ríen y tachan de ignorantes a quienes osan afirmar que el vuelo de una simple mariposa en México puede cambiar el rumbo de la historia en la vieja Europa. Seguramente lo hacen, sin ellos saberlo, porque su aleteo casi siempre va en el sentido equivocado. Y porque, claro, deben tener plomo en sus alas. Roberto Rivas, el bombrero antidesahucios, no es de ellos.

La vida de cada uno de nosotros, los llamados seres humanos, está llena de pequeños gestos, de balbucientes y constantes aleteos de cuya trascendencia no somos muy conscientes. Algunos, la mayoría, nos parecen intrascendentes, pero seguramente no lo son tanto.

Pocos imaginaron que un simple gesto como el de la costurera Rosa Parks en 1955 en Montgomery al negarse a ceder su asiento en parte trasera del autobús a un blanco, según le obligaban las leyes racistas del Estado sureño donde vivía, iba a significar tanto. Como igualmente lo fue aquella imagen de un grupo de militares portugueses colocando claveles en los todavía humeantes cañones de sus fusiles. Aquellas flores no solo les reconciliaban a ellos con el pueblo, sino a todos los portugueses. Hay, claro, otros, la mayoría, gestos que han cambiado la historia y no siempre para bien. De esos se ha escrito mucho, quizás demasiado.

Roberto Rivas, bombero de A Coruña, se negó a colaborar en el desahucio de Aurelia Rey, una anciana de 85 años, condenada a dejar su casa por no pagar un par de recibos. Por atender a su conciencia, Roberto desobedeció el orden establecido y las órdenes de sus jefes como trabajador público sin, posiblemente, ser muy consciente lo que ello suponía.

Ayer, Roberto, tras meses de silencio (nunca quiso ser un héroe) tuvo que pasar por el Juzgado para responder de su atrevimiento y de la multa de 600 euros que le impuso la subdelegación del Gobierno por su valiente aleteo. “Lo volvería a hacer”, dijo ante la nube de periodistas y vecinos que le esperaban y le aplaudían a las puertas del Juzgado.

Su gesto y sus palabras de ahora seguramente no cambiarán la criminal historia de los desahucios de este país, pero sin él, sin ese suave aleteo neuronal en su cerebro aquel 18 de febrero de 2013, hoy seríamos todos un poco más miserables. Aquella decisión no solo le dignifica a él, sino que nos acuna y nos llena de esperanza a quienes a diario no sabemos mover las alas en el sentido correcto para que la historia y la tierra que nos acoge temporalmente sea algo menos inhóspita y parezca, simplemente, mas humana.

Seguramente sucede esto porque tampoco acabamos de creernos que el imperceptible aleteo de una mariposa sea capaz de tanto. Pero, ya ven, a veces sucede. En twitter @plopez58

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