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Del fraude del Hércules al dopaje de Alemania

Javier Tebas, presidente de la Liga de Fútbol Profesional. Foto La VanguardiaEl fraude y el dopaje parecen estar cada vez más presentes en el deporte de élite. Lo que está pasando en el Hércules de Alicante, otra vez en la diana de las acusaciones de amaño de partidos, y el dopaje generalizado en la Alemania occidental en los años 50-60-70 que acabamos de conocer, son hechos que en si mismos nada tendrían que ver. La realidad parece muy otra. Ambos son exponentes de una misma realidad: el precio del éxito deportivo no parece entender de limpieza cuando lo que está en juego es ese intangible tan catárquico como son los sentimientos de un país o de una afición. Entonces todo parece posible.

¿Ha jugado el Hércules con ventaja? ¿Es justo lo que, otro verano más, le está sucediendo al club alicantino acusado de amañar partidos para evitar el abismo de la Segunda B? ¿Pagará este club los platos rotos de un sistema perverso que, por un lado, potencia el fraude al mirar una y otra vez para otro lado ante las reiteradas sospechas de juego sucio y por otro hace como que lo persigue pero nunca toma medidas?

Son éstas preguntas que podemos –debemos- hacernos, pero no deberíamos esperar respuestas claras. Al menos por el momento. Eso sería el final de un tinglado que cada día apesta más y que está acabando con la inocencia del buen aficionado.

Seguramente otra vez no pasará nada serio, el Hércules podrá seguir un año más en Segunda A, las autoridades del deporte habrán justificado su cuota de preocupación y persecución del tramposo, pero lo cierto es que quien pierde con todo este espectáculo es la imagen de la ciudad de Alicante. Eso deberíamos tenerlo en cuenta. Sobre todo para no crear falsas expectativas. Si cuando hay un ascenso del Hércules es –dicen- toda la ciudad la que gana, cuando, como ahora y últimamente, vienen mal dadas y la sospecha de actuar como tramposos reaparece, es también la ciudad quien pierde. Pura evidencia.

El paisaje que vemos, la verdad, no ayuda. Si un personaje tan oscuro como Javier Tebas ha llegado a ser presidente de La Liga de Fútbol Profesional, un abogado condenado en sede judicial como José María del Nido lleva media vida de presidente del Sevilla, y un constructor varias veces imputado por corrupción –Enrique Ortiz mismamente- parece la única solución de futuro para un club como el Hércules, hay que concluir que en el fútbol grande, el de los poderosos, casi todo es ya posible.

Y es que un personaje como Tebas, cuyo pasado profesional se esconde en la bruma y en la oscuridad, no puede a dejar a nadie tranquilo. Sus decisiones pueden acabar siendo tan azarosas como perniciosas. ¿Exonera eso al Hércules de cualquier responsabilidad? No debería. Y menos a un club cuya mejor hazaña de los últimos años ha estado lejos de los terrenos de juego y ha sido ocupar amplios espacios en la prensa nacional por presuntos casos de compra de partidos. De modo que sí, ahora sí hay motivos para estar preocupados.

Lo cierto que es a los buenos aficionados del Hércules, que los hay, como a los buenos aficionados al deporte de élite, se lo ponen cada día más difícil. Eso empieza a ser otra verdad. El juego sucio parece que campa a sus anchas. Ya no es solo el ciclismo, un ídolo caído en desgracia, sino el deporte en general. Acabamos de enterarnos que lo del dopaje no fue tan exclusivo de la RDA y los países del Este como se nos quiso hacer ver. Un reciente informe revela que la Alemania occidental, la buena, hizo política de estado del amparo de métodos sofisticados de dopaje de sus atletas y deportistas, incluida la selección nacional de Fútbol. Fue aquella práctica mafiosa y no la excelencia de sus hombres y mujeres la que posibilitó muchos de los éxitos deportivos que hoy figuran como gestas en los libros de historia.

¿Deberemos esperar otros tantos años para saber si los éxitos de hoy de nuestros deportistas son juego limpio u obedecen a otras razones? Mucho me temo que la sombra de la sospecha solo le queda ya que crecer. El Hércules es aquí solo una metáfora de un sistema que proyecta cada día más sombras que certezas. Envolverse como hacen algunos en la bandera y en los colores para negar que algo y no bueno está pasando en las alcantarillas del deporte de élite podrá postergar el conocimiento de la verdad, pero solo eso.

Puede así que lo del Hércules de ahora sea solo el paradigma de una putrefacción mucho mayor. Si para conocer aquello han tenido que pasar décadas, ¿cuánto tiempo deberá pasar para conocer lo que está pasando en el fútbol español? ¿Cuánto tiempo deberá pasar para conocer lo que de verdad hay en esta especie de serpiente de verano que se ha convertido el equipo de fútbol de Alicante? Sanar el mal puede ser doloroso en primera instancia, pero, también, la única vía posible para salvar lo que de dignidad le quede al deporte. Se llame esté como se llame. Incluso si se trata del mismo equipo de fútbol de la ciudad de Alicante. En twitter @plopez58

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