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Madrid-Barça: la trilogía soñada ¡Que empiece el espectáculo! (2)

¿Hay vida más allá del Madrid-Barça? Si, supongo que sí, pero si la hay supongo también que podrá aguardar un poco. Durante las próximas dos semanas el Fútbol en mayúsculas lo inundará todo, cruzará de forma transversal los informativos y la actualidad diaria, oiremos hablar de cada partido, de cada detalle, de cada pase a quienes nunca se habían imaginado hacerlo. Será así hasta el agotamiento. El destino ha querido que la trilogía que hoy empieza tenga, como todo buen drama, tres partes: una exposición, un nudo y un desenlace. Tres partes donde habrá tiempo para el miedo, las lágrimas, la decepción y, también, cómo no, para la alegría y el abrazo.

El de hoy en el Bernabéu es sólo el primer capítulo, descafeinado si se quiere, alejado de la épica de otras ocasiones, pero de cuyo resultado puede depender y mucho el resultado final. De ahí su importancia y su peligro para ambos contendientes. La del martes en Mestalla, con la final de Copa del Rey en juego, es en verdad la primera gran cita. Los dos conjuntos se enfrentan allí a su primera encrucijada en un camino de no retorno, un texto con principio y final en sí mismo, que sería suficiente por sí solo para engordar la leyenda, pero que los hados del calendario han querido que sólo sea el aperitivo de la auténtica pelea que abrirá las puertas a la gran final de la Champions a sólo uno de los dos gladiadores. El Madrid la quiere porque siente que es su terreno, que es más suya que de nadie y que se la han arrebatado durante demasiado tiempo. Y el Barça porque sabe que sin esa nueva cita soñada todo lo escrito hasta ahora, y es mucho y bueno, será un poco menos legendario. Es su corona, de gloria o de espinas.

Si un Barça-Madrid o un Madrid-Barça, que tanto monta, es el partido del siglo, seguramente el mayor espectáculo que se puede ver en este país por las pasiones enfrentadas que levanta, cuatro encuentros, cuatro batallas en dos semanas largas, debe ser algo así como el acontecimiento del milenio, algo que muy difícilmente se volverá a repetir. La última vez que esto sucedió fue allá por 1916 y de eso hace casi un siglo. Por eso y porque en estos envites que van más allá de lo deportivo, pero que nunca debieran servir para intereses inconfesables, encierran otros pequeños duelos que dan sentido y realce al guión primigenio, al drama secular, a la pasión descarnada. Uno de ellos es el del estratega Mourinho contra el psicólogo Guardiola. Otro, está en las porterías, con un Valdés volando hacia lo imposible frente a la  serenidad un tanto budista de Casillas. También es de esperar  que acudan a la cita los dos jugadores que pasan por cargar sobre sí las mayores luces en el universo futbolero: Messi contra Cristiano. Y, todo ello, sin olvidar otros microcombates, esos que, casi siempre, acaban siendo tan importantes o más que los anteriores para el resultado final. Como lo pueden ser el pulso en la manija de dos viejos amigos, Xavi contra Xabi; o el juego de estilistas que tienen que dirimir Iniesta y Özil en cada centímetro del césped en busca del espacio imposible...

Cualquier detalle será suficiente para llenar horas de radio, páginas de periódicos y encendidas conversaciones de café. Por eso y porque el secreto está en que no hay explicación racional alguna a tanta pasión. Ya lo dijo el viejo zorro de Vujadin Boskov cuando le preguntaron allá por los ochenta: “Fútbol es fútbol”. Nada más. Y nada menos. Y quien quiera encontrar una explicación a tanta expectación y sentimiento, se equivoca. Otros, más legendarios y nacidos para la gloria, como Don Alfredo Di Stefano, lo tenían más claro: “Las finales se juegan… para ganarlas”. Y ahora, afortunadamente, hay, al menos, dos. Es lo que lo hace todo diferente. Eso y que apenas habrá tiempo de reponerse entre una y otra contienda, entre uno y otro acto. Pero, al final y sobre todo, que el vencedor sepa que su victoria de hoy solo será la antesala de su próxima derrota. Porque, aquí, afortunadamente, sólo hablamos de eso, de fútbol, y los ciclos, incluido este del Barça, que a los madridistas se nos antoja infinito, nunca pueden ser eternos. Habrá que recordar una vez más que las borracheras de emoción de hoy sólo servirán para enjugar las decepciones del mañana. Pero, mientras tanto, lo mejor es que empiece el espectáculo. Y que el mundo, con permiso de tanta crisis y tanta miseria humana, se pare un poco a contemplarlo. Noventa millones de personas se estima que pueden ver en directo el primer partido de la Champions. No parece poca cosa para ser solo una pelota rodando. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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