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Homenaje a Saramago en tiempos de crisis

Los buenos escritores tienen esa cualidad tan especial de que sus novelas actúan, aún sin ellos proponérselo, a modo de profecía, de vaticinio. Incluso muchos años después de la muerte de su autor su obra nos reconforta y ayuda a explicar nuestros sufrimientos y anhelos porque vemos allí reflejado lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Es o debe ser la grandeza de la literatura.

La balsa de piedra de José Saramago escrita hace casi 30 años es, si duda, una de esas obras que hoy podría ser perfectamente el paradigma de lo que nos pasa a este lado de los Pirineos. Se ha instalado entre nosotros una leyenda (no olvidemos y tengamos presente que lo que ocurre en verdad casi nunca tiene que ver con lo que se dice en los periódicos y en los cenáculos políticos), según la cual estamos al borde del abismo, del desastre, y a punto de estrellarnos contra un meteorito cuya masa interior nos es difícil de descifrar, que viaja por el espacio a velocidades variantes y de modo errático y contra el que nada podemos hacer para salvarnos. Según esta misma leyenda sabemos que el impacto será brutal, pero no sabemos cuándo ni cómo se producirá, y eso nos tiene paralizados. Y, mientras tanto, la sima crece y crece. Este viaje de miedo, de angustia y de incertidumbre parece ya de por sí mucho peor que las consecuencias que se producirán cuando el gran impacto tenga efectivamente lugar en un futuro más o menos lejano.

Si Saramago imaginó en su relato aquella brutal y fantástica historia por un puro fenómeno geológico, el hecho de que se hubiese corrido el rumor, que acabaría siendo cierto, de que la península ibérica había empezado a separarse físicamente del resto de Europa por una enorme sima que se estaba abriendo en el cordón umbilical de los Pirineos que nos une al resto del mundo y a Europa, lo de ahora, si cabe, es peor porque la brecha no es solo es física, si no también emocional y de mera subsistencia.

Aquella fabulación le dio pie al autor a sumergirnos en un hermoso relato donde la locura y el sinsentido se apoderaron en un principio de sus gentes, que empezaron a ir de un lado para otro intentando escapar por el Norte antes de que la sima fuese demasiado grande. Si lo pensamos bien es más o menos lo que nos sucede ahora. Y como allí, en esa huida hacia ningún destino seguro, es donde es posible ver nacer y crecer los mejores y los peores comportamientos del ser humano. También, si lo pensamos, es algo así lo que está ocurriendo ahora. Junto a relatos y noticias impregnados de las peores esencias de las miserias humanas jamás imaginadas por nosotros vemos como nacen movimientos sociales  y acciones individuales que nos llenan de esperanza. No hace falta que demos nombres, todos sabemos de qué hablamos.

Y es que desde hace tiempo somos conscientes de que viajamos a bordo de un vagón de rumbo zigzagueante, que circula por una vía que parece no llevar a ninguna parte, y que, para mayor desgracia nuestra, parece estar conducido por gentes igualmente erráticas, cuando no desvergonzadas, que nos mienten casi cada vez que hablan, que incumplen la palabra dada, que nos golpean nuestra estima con cada una de sus decisiones, que nos roban nuestro pasado, nuestro presente y pretenden también hurtarnos el futuro. Cada nueva noticia, decisión, investigación judicial que nos llega es un nuevo bofetón que nos da cuenta de que la sima crece y crece y que la brecha democrática y de justicia social que se está abriendo en este país (también en otros, pero ahora hablamos de este) es tan profunda que ya no sabemos si alguna vez será posible repararla. Y eso también angustia.

En la novela de Saramago la metáfora de la separación física tenía como objetivo tratar de acercar el islote peninsular a la deriva en el océano hacia un abrazo fraternal y cultural con el mundo iberoamericano a modo de utopía y como acto de rebeldía al dominio tiránico del imperio de América del Norte. Pero ahora, empeñados en romper también estos lazos como hemos andado estos últimos años, tampoco parece que en aquellas tierras vayamos a ser ni bien recibidos ni encontrar consuelo, con lo cual la sensación de aislamiento es así cada día más honda y más asfixiante. Si Europa no nos quiere, ¿dónde iremos?

El cúmulo de malas noticias hace casi imposible que podamos pararnos unos segundos a reflexionar si lo que está ocurriendo es verdad o simplemente forma parte de un relato novelado cuyos engranajes también descocemos pero cuyos efectos, eso sí lo podemos predecir, van a ser devastadores para todos. Incluso para los muchos que hoy todavía se consideran a salvo.

Pero, además y para mayor desgracia nuestra, ya no tenemos al gran escritor hispano-portugués con nosotros para que nos ayude a reescribir un nuevo final para esta  balsa de piedra desnortada y tan sinsentido que parece haberse convertido últimamente este país en tiempos de crisis. Ese final estamos condenados a escribirlo por nuestros propios medios. Y no sé si después de tantos golpes como estamos recibiendo habrá fuerzas para hacer un relato que nos merezca.  Sígueme en twitter @plopez5 8 o en la web pepelopezmarin.com

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