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El (mal del) periodismo o las ranas que se acostumbraron a ser ranas

El periodista Enric González, en una imagen de Elconfidencial.comImpresicindible. Memorías líquidas de Enric González. Acabo de terminar de leer el libro, un inteligente, corrosivo y particular ajuste de cuentas con la hasta hace unos meses su casa, El País, quizás fuese más exacto decir con algunos de sus jerarcas, Juan Luis Cebrián al frente. Un librito (no alcanza las 200 páginas y la letra es gruesa) que, no obstante, va más muchos más allá. Un relato lleno de humor inteligente al tiempo que lúcido, descreído, desesperanzado, hiriente, próximo, emocionante, descarnado.

Es, sin pretenderlo, también una hermosa crónica ácida y llena de humor de la Transición española, del pujolismo, del aznarismo, a través y sobre todo del buque insignia del periodismo español: el diario El País.

González nos desvela también algunos de los capítulos más chuscos de la toma del poder de las redacciones periodísticas por parte de los ejecutivos al servicio del capital riesgo. Y, de paso y como víctima necesaria, la rendición del buen periodismo a las puertas del desastre anunciado y voceado por los ángeles exterminadores del beneficio empresarial a toda costa. Ya digo, imprescindible. 

Este párrafo del libro que cito con su permiso, casi al final, lo describe de forma magistral. Dice así: “Si se introduce una rana en una olla de agua fría y se calienta el agua poco a poco, la rana no hará nada por escapar. Se habituará al ascenso de la temperatura. Y acabará hervida. En El País fuimos ranas. Supimos que muchos de nuestros compañeros eran desplazados hacia empresas de nueva creación como antesala de la calle, pero apenas rechistamos. Nos acostumbramos. Asistimos a la reducción de las tarifas pagadas a los colaboradores hasta convertirlas en un chiste (entre 20 y 50 euros por una crónica larga y bien trabajada), pero nos pareció casi normal porque la prensa estaba en crisis. Nos acostumbramos. Acompañamos en el sentimiento a periodistas muy buenos que fueron arrinconados y despedidos por participar en huelgas o no mostrarse sumisos ante los jefes y luego seguimos a lo nuestro, porque para eso nos pagaban. Nos acostumbramos a eso. Y a compartir redacción con periodistas jóvenes que no podían ni soñar en ser mileuristas. Y a recibir y aceptar amenazas de la dirección si no firmábamos una crónica. Nos acostumbramos”. 

En ello estamos. Esperemos que la rendición del periodismo, de los buenos periodistas de este país, sea solo temporal y estratégica. Para contabilizar bajas y heridos. Y para reunir las fuerzas suficientes que nos permitan volver al campo de batalla. La guerra sigue. Enric González nos enseña algunas de sus claves. Quizás finalmente no todas las ranas asuman su condición de ranas. En twitter @plopez58 

 

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