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A propósito de las black de Bankia: yo también recibí regalos

Miguel Blesa y Rodrigo Rato, los grandes muñidores de las tarjetas black, la espuma de la corrupción generalizadaEn el periodismo, también en otras profesiones, claro, siempre hemos sabido que Perro nunca come perro y que Nunca debes morder la mano que te da de comer. Lo sabíamos, aunque hacíamos como que no. Me pregunto si cuando estos días hablamos desde los medios con tanta inquina de lo de las tarjetas negras de Bankia y de sus no menos negros protagonistas, no estaremos, como profesionales, implícitamente hablando de nosotros mismos. Reconociendo nuestra culpa y nuestro silencio del tiempo en el que estas cosas no nos parecieron importantes. El tiempo en el que nosotros también recibíamos regalos.

Tengo la imagen grabada de mi primer “regalo profesional”. Años ochenta. Acababa uno de conseguir su primer contrato en una delegación de la entonces poderosa La Verdad en un municipio de mediana entidad, Elda, donde, según contaban las crónicas, no hacía tanto era habitual atar a los perros con longaniza.  A la mini redacción llegaron unos bolígrafos de lujo, bien envueltos, con una tarjeta. Elda era entonces una ciudad pujante e importante y había logrado tener dos altos representantes en las Cortes Generales, un diputado y un senador, ambos de Alianza Popular. Siempre me incomodaron aquellos regalos, que se repetían año tras año, pero seguramente no lo suficiente para, cortésmente, devolverlos. No puedo decir que aquellos pequeños detalles condicionaran mi conciencia profesional, ni que influyeran de forma determinante al informar de las idas y venidas de aquellos dos políticos, pero tampoco puedo afirmar lo contrario. Hay líneas que son demasiado finas para poder ser detectadas a tiempo.

Con el paso de los años, instalado en la redacción central en Alicante del otro gran diario de la provincia, Información, pude comprobar que aquellos bolígrafos eran poca cosa. Naderías. Durante años, y en fechas señaladas, ya saben, navidad y todo eso, el amplio hall del diario se convertía en un escaparate donde se amontonaban los regalos a los periodistas. Una especie de feria de las vanidades en donde el número y relevancia de los presentes describía la (presunta) importancia y relevancia del agasajado. Nadie, casi nadie, cuestionaba aquellas prácticas. Pocos los devolvían. Había de todo. Pequeños detalles, pero había también cajas que prometían.

A veces estos regalos llegaban sin avisar. A veces, incluso, aunque los hubieras amablemente rechazado. No importaba. Llegaban y, normalmente, cada uno recogía el suyo. Imagino –esto no lo sé, pero es fácil pensar que así fuera- que había otros que no pasaban por el expositor general (estaban a la vista de todo el mundo que llegaba a la redacción). Debían ser los más relevantes. Los más finos. Ésos, seguramente, seguirían otros circuitos. Otras delgadas líneas.

Puestos a recordar, recuerdo, con el paso del tiempo, una anécdota. Un redactor de la Vega Baja que formaba parte del equipo de trabajo que por entonces coordinaba, me llamó un día, entre alarmado y confundido. Diputación, la Diputación de Alicante presidida por ese ejemplo de ética que es José Joaquín Ripoll, le había regalado una cámara digital. No solo a él. Había aprovechado una rueda de prensa en Torrevieja para hacer llegar a todos los periodistas allí reunidos igual presente.

Eran los tiempos en los que empezaba a hablarse ya abiertamente de las andanzas de los trajes de Francisco Camps y del sastrecillo valiente. Ya saben el  inefable expresidente del Consell valenciano, el del “Te quiero un huevo” (a El Bigotes de Gürtel) y el de “ Yo siempre estaré detrás de ti, delante o al lado, me es igual…” (Rajoy dixit).

-¿Qué debo hacer?, recuerdo me dijo el compañero.

-¿Tú que has hecho?, recuerdo, le contesté.

-¡Devolverla!,  me dijo.

No puedo decir que otros compañeros de profesión hicieran lo mismo, ni, claro, lo contrario. Recuerdo también que este compañero me comentó el malestar y la contrariedad de la persona de Diputación que había hecho de intermediaria.

Eran, recordémoslo, los tiempos en los que Rita Barberá, ya saben la alcaldesa perpetua de Valencia, se defendía y trataba de zanjar el debate de las informaciones que la relacionaban con regalos para ella de la Gürtel tipo bolsos de Louis Vuitton. “Eso no tiene importante, solo forma parte de los usos sociales y la cortesía de este país”, vino a decir doña Rita.

No sé cómo, o mejor sí lo sé, pero todas estas anécdotas y hechos me han venido a la cabeza ahora pensando en lo de las tarjetas black de Bankia de los 86 consejeros de la entidad y la alegría con la que muchos (casi todos) hicieron uso de ellas hasta embolsarse más de 15 millones de euros (cerca de tres mil millones de las extintas pesetas).

Pensaba en todo esto y en aquello que les refería al principio: Perro nunca come perro y No muerdas a la mano que te da de comer.  Y también en esta otra reflexión que insignes profesionales de la información de este país han verbalizado y escrito en libros estos últimos años: cuando se está y se vive –y se come- demasiado cerca del poder uno puede llegar a confundirse. Puede creerse que forma parte del sistema. Que es (también) poder.  Eso, Blesa, Rato y compañía lo supieron siempre. Ellos eran el Poder con mayúsculas. Eran quienes decidían a quién sí y a quiénes no se le entregaban los regalos, las tarjetas,

la puerta del paraíso del lujo y del gasto sin control. Otros, periodistas, políticos, sindicalistas, etc., cuyo trabajo debía haber sido fiscalizarles, controlarles, pronto olvidaron el suyo. Las black de Bankia son, puede, la prueba más grosera de la putrefacta realidad reciente de este país, pero seguramente son solo la mierda (con perdón) y porquería que sobresale del receptáculo que todo lo ocultaba.

Se me dirá, y con razón, que no son lo mismo. Que los regalos (viajes de placer incluidos) a los periodistas de este relato y de otros tantos relatos que están por escribir, no son comparables con la lencería fina y el sibaritismo que ocultaban las tarjetas negras en manos de sindicalistas y políticos de izquierdas (y de derechas) justo en los mismos días en los que las fuerzas del Gran Poder ponían en marcha la maquinaria de la gran estafa piramidal que han acabado siendo las preferentes para cientos de miles de buenos ciudadanos que solo cometieron el pecado original de confiar. Y, ciertamente, no lo son. Pero sin esto otro, sin estas pequeñas corruptelas, posiblemente aquellas otras no habrían sucedido. O, al menos, lo habrían tenido más difícil.

Y es que, ya digo, si miramos fijamente la línea que divide unas y otras prácticas, la raya es tan fina que, la verdad, cuesta de ver. Más aún si los periodistas nos confundimos de perro y de la mano que en verdad nos debería alimentar. En twitter @plopez58 

(*) Este artículo se publicó por primera vez en el diario digital La Columnata

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